jueves, febrero 14, 2008

Historia de San Valentín


Hoy sonó el timbre de la puerta como cada martes a las 10 de la mañana. Mientras el se levantaba pesadamente de la colchoneta que hay en la habitación, despojando el hedor etílico de su cabeza, y preguntándose quien diablos podría interrumpir su sagrado confinamiento a recuperación, el timbre volvió a sonar seguido de un aterrador y elevado sonido de motocicleta alejándose calle abajo.

Ella como siempre entre semana, se levantó a las 5 de la mañana para encender el boiler con los restos de alguna noticia caduca, se mojo las rastas con un estropajo más suave que su cabello y enjugó su cara bajo los lánguidos asientos del tinaco. El roncaba despreocupadamente mientras ella se vestía al mismo tiempo que recalentaba el café del fin de semana sobre la hornilla y mordisqueaba un pedazo de pan.

El juego de poker fue mas intenso que el del miércoles pasado ya que esta vez no apostaron dinero, cada mano perdida ameritaba medio vaso de tequila de a “hidalgo”, tal cual ella acostumbraba…seco y directo; solo que en esta ocasión el ganón fue él ya que la matemática era ella, y en eso de las cartas se lucía de manera excepcional.

Una vez que hubieron acabado con dos botellas del agave reposado; como trofeo y para que el no olvidase esa noche jamás, mojo la parte trasera del As de Corazones y lo adhirió justamente ahí, entre los senos… surgieron las risas, los chistes, carcajadas y mas risas… hasta que la noche cayo rendida sobre ellos, olvidándolos tendidos sobre la colchoneta.

-Solo el cartero toca el timbre de esa manera, a esas horas y en martes… ¿pero por que hoy…? Precisamente hoy que el mundo no cabe en mi cabeza-

Se dijo para si, aun que pareciera que se lo hubieran gritado por el dolor de cabeza que el pensar le producía.

Abrió el buzón y no halló en el ningún sobre, ni recibo de deudas postergadas; y cuando su mirada entre perdida aun por los nubarrones de la resaca estaba a punto de convencerlo para azotar la portezuela, distinguió un pequeño papel al fondo del buzón. Metió la mano y sin importarle la humedad que en el fondo albergaba, despego aquel mendrugo de papiro con algo de dificultad.

Ella lloró y suplicó mientras la tela cubría sus rostro. Juró y perjuró no saber nada de las marchas y mucho menos de los derechos humanos, y cuando sus suplicas comenzaban a provocar un silencio cada vez más indeseado en la habitación, una voz le robo el aliento al preguntar: ¿y si en verdad es inocente Sargento?... y con la voz, el último latido de esperanza.

Su corazón se detuvo por un instante al descubrir que ese pedazo de papel no era, si no el As de Corazones que la noche anterior, ella le había dicho, jamás olvidaría… Y así fue…